Estar en cama con fiebre y horas y horas para pensar y delirar justo cuando estás en un momento no muy alegre apesta.
No podés parar, terminás dándole 400 vueltas a todo y hasta parece desvanecerse el sentido de las cosas en medio del zumbido de tus oídos, las luces que titilan en la oscuridad de tus ojos cerrados, el desgano general y la imposibilidad de concentrarte en cosas productivas. Es como si hicieras un balance que sea como sea te va a dar negativo. Y surgen los "yo sabía", los "era obvio", los "¿y qué esperaba?" y demás variantes descalificadoras de las frágiles esperanzas irracionales.
Me acuesto, pienso, duermo, pienso, me levanto, me comunico con amigos, me acuesto, pienso, pienso... Intento sacarle lo bueno a esos pensamientos. Y lo bueno siempre termina siendo lo mismo: el futuro.
Y la conclusión es esa:
Hoy estoy enfermo. Es imposible empezar algo positivo así. Pero tal como hoy estoy así, también sé que mañana voy a estar mejor. Que hay un futuro diferente. Que tengo que esperar un poco y empezar de cero otra vez. Asimilando lo que me pasó y con la expectativa de lo nuevo.
El sentir que otro ciclo de sensaciones termina para dar comienzo a otro, me tranquiliza en parte. Me siento feliz de recordar que no necesito esconderme de mis sentimientos ni vivir sometido a mis errores. En definitiva todo ello me guiará hacia un camino de elecciones irreprochables -aunque no infalibles-. Sin magnificar ni empequeñecer sensaciones ni personas. Buscando el equilibrio y abierto a las sorpresas.
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jueves, 28 de septiembre de 2006
Enfermedad
Etiquetas:
enfermedad,
personal,
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